Buscó en su maletín, y nada. El maletín está limpiecito como si recién lo hubiese comprado.
-¿Y ahora, qué me hago?-se dijo mirando hacia arriba, donde un cielo estreñido de colores opaca el resto del día.
Ante el mínimo descuido no hay consideración con nadie, se llevan todo y el mal rato no te lo curas ni con cuatro aspirinas, y menos viendo esos programas del más allá, cuando acá es donde debo de estar, la purita verdad, es que ya estoy harta de que me roben a cada rato, ya soy su caserita, me han agarrado de punto, trato de estar atenta pero siempre algo me distrae. La vez pasada me rovaron mi celular nuevecito, comprado con muchísimo esfuerzo, así con la v de ese que dice ser todo un varón -más que un error ortográfico de la vida, uno de esos malditos que abundan por la ciudad- que a una cuadra de distancia me lo enseña ganador como si fuera el preciado juguete de su propia maldad. Espero que algún día le pasen la factura a estos malditos y con IGV incluido.
Pero con Rodrigo al menos, la vida se le hace un poco más vivible, ya le declaró su amor, pero ella le dice que espere, que no se precipite.
-El que espera se va desesperando-dice fastidiado.
Sus ojos entregan una mirada fragmentada.
-Y yo te comprendo-le digo intentando ser sincera-. La otra verdad es que no quiere engañarse ni engancharse.
«Muñeca, en todas mis miradas siempre estás tú», escribió mentalmente Rodrigo a un costado de sus pensamientos. «Te quiero mucho y no me importan los años que tengas, te quiero así al natural, flaquita y un poquito despeinada. Te quiero así toda enterita, y hecha toda una mamita desde la punta de los pies cuando alzas los talones para darme un besito en la mejilla que ya me cansa el saborcito ingenuo de ser un simple amigo».
Un día antes Matilde, Mati así la llama Rodrigo, subió al recién estrenado Metropolitano y en menos de media hora llegaba a la estación final en Matellini. El olor del vasto mar chorrillano le devuelve una tranquilidad ausente en ella desde hace algunos depresivos meses. No quiso apurarse, ya lo había intentado n veces (supongo que se refiere al suicidio). «Pero hoy no te vine para eso, simplemente quiero respirar todito ese vasto mar, desestresarme ya, y si es posible mirarlo todito cuantas veces se pudiera, y también intentar abrazarlo todito, porque el marítimo es mi cuerpo, estas olitas mi circulación sanguínea, la ancha arena mi casita al aire, y el cielo raso un inmenso espejo donde trato de mostrar el rostro simpático de mi mejor ánimo».
-Ah Matilde, entiende que el joven no es malo pero no te me apresures en entregárselo to-di-to-dijo con silabeante ironismo Ricardita, una de sus mejores amigas.
-¿A qué te refieres?
-Cóncavo y convexo, querida, no te hagas.
-Rica, tú siempre lo ves todo por el lado sexual.
-Querida eres tan cándida, ¿de dónde crees tú que vienen los hijos, del aire?
En ese momento sonó tan fuerte el celular de Matilde que Ricardita no disimuló su impertinencia.
Era la insistencia enamorada de Rodrigo.
-El clima cada día más loco y con neblina incluida-pensó ella.
-Así me gustas Mati, tú eres el amor de mi vida, mi más querida pasión, acuérdate de mí…
-Hoy no estoy de humor para escuchar valsecitos, Rodri-le dijo.
Ella no supo si reír o llorar, ya está bueno de eso se dijo, la purita verdad es que siempre buscó un hombre en todo el sentido físico o atlético de la palabra, y miren el destino qué le ofrece a cambio: un niñito viejo llamado Rodrigo, que no es mala persona, pero hay que tenerle paciencia de monja de clausura, y yo ya no estoy para esas cosas, quiero sentir algo distinto, una vida completamente nueva.
A Matilde Urrunaga hija única, el inexorable tiempo se le hace corto para tantas cosas que tiene que hacer. Lo primero atender a sus padres que están viejitos y muy enfermos. Prepararles religiosamente las tres comidas del día, bañarlos, secarlos, talquearlos y vestirlos, darle los medicamentos indicados por la doctora. Darse un chance para revisar su agenda personal donde aparte de su pesado y rutinario trabajo como correctora de libros incluye sus breves encuentros con Rodriguito.
Le palmoteó fuerte la espalda, cosa que a ella no le agrada, oye, ya te lo dije, prefiero un hola amor o un besito cariñoso de buenas tardes, o no quieres entender. Él se rió como si fuera de otro mundo, como si le contaran un chiste. Matilde quiso llorar pero no pudo, tiene la sequía del adiós metida en toda el alma.
-Tu humor es bastante estúpido e inoportuno-le dijo-, no quieres cambiar, no te da la gana, tienes 33 años y sigues en lo mismo. Así no me vas a conquistar, deseo enamorarme de ti, me gusta tu protectora compañía, pero muchas veces te vuelves más pesado que un tráiler.
Él le dio como respuesta un beso volado.
Se acerca la noche y Matilde quiere olvidarse de todo pero no puede, voltea y él ya se ha marchado, dice a ver a su mamita, quien dice la que mejor lo comprende.
Saca de la cartera, un frasco de pastillas, entra a un café-bar, se sienta en aquella mesa, gira la tapa del frasco mientras pide muy ceremoniosa un cappuccino y nada más por hoy, es suficiente.
-Eres tú hijita…
Giró la llave bruscamente y abrió…
-Sí mamita, qué pasa.
-A tu papito le silba feo su pechazo de Tarzán, como si le anunciara algo.
-Mami estate tranquilita, descansa, que yo me ocupo de eso.
Matilde encendió la hornilla de la cocina, colocó la tetera con el agua a medio llenar, se acercó donde su padre, le puso la palma de la mano sobre la frente y comprobó que no tiene fiebre, puso el oído sobre su amplio pecho envejecido y oyó que susurraba una melodía extraña.
De improviso el anciano padre fue abriendo sus ojazos, redondamente preocupados, como si se activara la alarma de una muerte muy próxima.
-Hijita no te parece que estás calentando mucho el agua.
-Papito orita he puesto la tetera-dijo haciendo descansar estas pocas palabras en los oídos de su querido viejo.
-Igual se te sigue calentando mucho el agua, apúrate hijita sino el agua se te va quemar.
Ella lo miró como si él estuviera dentro de una bola de cristal, extraño como un clavel negro, enfermo hasta las líneas de la frente y vestido de arrugadas nostalgias.
-No tengo apuros-dijo secamente y con los ojos bien abiertos por una luz bastante firme.
Su mamita recién sale del baño, con una sonrisita que ni ella misma entiende.
El pito de la tetera sonó muy metálico, y sobre las tres tazas echó lentamente el líquido caliente casi al borde, donde los tés filtrantes flotan como tranquilas boyas en el mar de su atención. Se peinó frente al espejo de la sala que le devuelve una mirada distinta, muy vanidosa, pero definitivamente hoy no tiene ganas de maquillarse.
-Para qué-se dijo-, tanta pintura quita naturalidad, habráse visto.
Entonces los días transcurrieron igual que otros días. El impaciente Rodrigo no le da tregua a ninguna complicación existencial, y sigue esperándola en esa romántica plazuelita, con una cajita de chocolates almendrados, sentado en esa banca azul bajo el árbol frondoso de un ficus añejo, aparentando una atenta lectura que busca llamar algo de atención: la mirada fija de Matilde que algún día, quizás, tal vez, le dirá que sí.
LA DECLARACIÓN
Enviado por ADÁN DE MARÍASS el jue 14/04/2011 a las 12:29:00 PM
Etiquetas: © ADÁN DE MARÍASS [PERÚ] | Cuento o Poema? Cuentos
Publicidad por Bligoo.com

Blog de Adán de Maríass is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en adandemariass.bligoo.com .











Me ha gustado mucho la lectura. El tono es fascinante.
Un saludo y buena semana, Adandemariass...!
Gracias querida amiga Susy me es fascinante vuestro comentario, me enciende las luces para seguir escribiendo cada día mejor. Semana maravillosa para vos.