ADÁN DE MARÍASS

AQUELLA BIBLIOTECA IMAGINARIA

Escribí hace algunos años un poema titulado «Biblioteca imaginaria». Desde el inicio define una visión que se irá abriendo en el curso rápido o lento de la lectura poemática.

                    «libros que se fueron

                    porque ya no los podía tener»  

Mi realidad se vuelve áspera, intratable, dentro de los dominios sintácticos del poema, cuando se expresa el vacío irremediable de mis bolsillos, es decirlo claramente sin las monedas que alivien esta pesada carga de seguir viviendo bajo circunstancias que me han sido impuestas.

Lo curioso es que mientras escribía el poema me acordaba de mis 897 libros, y entre ellas una edición príncipe de «Los Heraldos Negros» de César Vallejo, un libro raro del siglo XIX que trataba el tema no menos interesante de nuestra Limac Antigua, algunos libros de Salazar Bondy, Ribeyro, Martín Adán, y toda la obra completa de Neruda, Borges, Onetti, García Márquez, Julio Cortázar, Vargas Llosa y otros, autores europeos clasificados no por orden alfabético sino por un embriagado orden arbitrario, aquellos libros y manuales de Filosofía, entre ellos Aristóteles, Platón, Spinoza, Hobbes, Descartes, Voltaire, Russell, sin olvidar las biografías de los pintores más trascendentes según mi empeñoso criterio, y no según mi estado de ánimo. Y mientras sigo enumerando, el poema salió de mi control y se escribió prácticamente sola como si yo hubiera entrado en un estado de trance, y no lo que yo pensaba escribir. Por esta razón termino el poema dejando en el aire la señal abierta de una preocupación, cuando digo que:

            «… la biblioteca imaginaria corre el riesgo

            de quedar en la más absoluta oscuridad»   

La verdad es que no sólo extraño la carátula y el contenido de todos aquellos libros, sino las circunstancias favorables y adversas en que los compré, y también cuando los tuve en mis manos ansiosas, la emotiva avidez con que empecé a recorrer cada una de las páginas que van sumando kilómetros de conocimientos y desafíos constantes a la memoria en aquellos tiempos donde aún no había uso de computadora.   

Actualmente ya no tengo ninguno de esos 897 libros es por eso lo de biblioteca imaginaria. El motivo principal de venderlo todo fue por continuas discusiones con mi padre, quien jamás aceptó que su hijo sea escritor. Recuerdo que fue un arranque de cólera prolongada, ¿qué culpa tenían los libros? Es un remordimiento que me seguirá golpeando la conciencia todos los días de mi vida hasta que llegue el final.

Hoy tengo otros libros, pero ya no es lo mismo, porque  yo no creo en los reemplazos, cada biblioteca tiene su latente presencia, su propio brillo, un destino singular. Y obvio, ya no tengo los años de aquellos años, pero mi coraza mental intacta hasta hoy, no me permite decaer ni ante algún parpadeo de los olvidos amenazantes.

Aprendí como lección que los libros adquiridos y los libros que uno escribe, son como los hijos literarios que uno nunca debe abandonar, es una religiosa obligación cuidar de ellos, porque ellos tienen vida propia como una amplia luz que invade la habitual oscuridad de la ignorancia. Por tanto estar más que atento cuando uno busca en sus páginas una lectura más concentrada, porque la sapiencial riqueza del conocimiento no tiene espacios cerrados, ni uno debe tenerlo.

                                           

 

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