El amor brilla cuando se emparejan los sentimientos, las ilusiones, las pasiones, los deseos, y deja de brillar cuando algo o alguien o ellos mismos la dejan relegada a la más absoluta oscuridad, entonces el amor se confunde, se desdice, languidece, se marchita. El amor también es sinónimo de mutua posesión, de estarse enracimados, ‘vamos amarraditos los dos’ como dice el bello vals de los compositores argentinos Margarita Durán y Pedro Belisario Pérez. No hay amor sin feliz conquista, sin el romanticismo impregnado de te quieros. No existe amor con engaños o falsías, lo que debe ser recíproco es lo que alimenta el válido respeto y las absorbentes querencias. El amor no es producto de la imaginación sino que se sustancia desde los primeros guiños del corazón. El amor es la aventura de mirarse a los ojos y hacer viajar dentro de esas miradas todas las emociones, los embelesos, los temblores afectivos y el calor más íntimo de los goces. El amor no es lo que todos pensamos, sino todo lo que sentimos, todo un derroche mágico de estarse ausentes por muchas horas cuando todo el mundo los mira. El amor es espontánea elevación y también pisa tierra.
El amor es mi fundamento de vivir, mi cielo amplio y abierto, mi mar sereno y nervioso, mi lluvia pretenciosa.
EL AMOR NOSOTROS
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